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Los Grandes Naufragios

 

INTRODUCCIÓN

Lo primero que cabe decir a este propósito es recordar que un naufragio no es sino un accidente y que los accidentes se han producido, se producen y se producirán en todas partes y en cualquier actividad. Y, como todos sabemos, se producen particularmente en todos los medios de transporte, incluso en los más "seguros" (avión o tren) y, con incidencia cotidianamente estremecedora, en carretera. Por lo tanto, no debería extrañarnos tanto que se produjeran en la mar.

Y, desde luego, si se trata de accidentes en la mar, y más particularmente en la "Costa da Morte", habrá que tener un dato muy presente: el tráfico marítimo en estas costas.

En una famosa feria de anticuarios me llamó la atención un dato: de más de media docena de reproducciones del globo terráqueo (de esos que giran sobre un eje Norte-Sur) que, traídos por diferentes expositores (por tanto de variopinto origen), pude observar, aún en los que no figuraban ciudades importantísimas de la península (Barcelona, Sevilla, Valencia, etc.), sí que figuraban Finisterre o Coruña (con predominio de Finisterre). A poco que meditemos sobre ello, concluiremos que, efectivamente, la capacidad de información toponímica en un mapa esférico es realmente muy reducida: ello obliga a seleccionar al máximo.

¿Por qué los cartógrafos antiguos recogían siempre lo que, aún hoy, no deja de ser una pequeña población, en detrimento de importantes capitales? La respuesta no parece difícil: la cartografía, particularmente si tiene carácter muy amplio, global en el caso que nos ocupa, solo podía tener un tipo específico de interés, el náutico. Y, para cualquier marino, Finisterre, se mire por donde se mire, figurará siempre en cualquier lista de rutas principales, básicas.

Y ese extraordinario tráfico marítimo, como cualquier otro tráfico intenso, tiene su consecuencia: más accidentes. Si a ello le añadimos que se trata de "un tramo peligroso" (rápidos cámbios climáticos: uno de los atractivos de esta costa es poder disfrutar, en el mismo día, e incluso varias veces, de niebla, sol, lluvia, viento, etc.; a lo que, sobre todo si pensamos en la navegación "antigua" -basada en referencias costeras, visuales-, hay que añadir un litoral realmente tortuoso: rías, cabos, bancos, arrecifes, etc.), la consecuencia solo puede ser la que la historia nos muestra: un auténtico "punto negro", como se denominaría la zona si del actual tráfico rodado habláramos.

La bibliografía referida a los naufragios en esta costa es abudantísima: el propio D. Camilo J. Cela se ocupó de ello, yo diría que hasta machaconamente, en "Madera de Boj". Una obra muy completa y fácil de conseguir: "Historia da costa galega e os seus naufraxios", de Fernando Patricio Cortizo (en lo sucesivo, F.P.C; 2 Tomos: Siglos I a XIX, Ediciones LEA; siglo XX, Xerais); de esta obra hemos sacado, fundamentalmente, los datos que siguen y que, en líneas generales, coinciden con los de otras que hemos consultado.

No es el objeto de este trabajo recopilar un nuevo estudio de la extensísima lista de naufragios que han tenido, siguen teniendo y, desgraciadamente, tendrán lugar en estas costas por las causas antedichas.

Me voy a ceñir tan solo a dos famosísimos naufragios (la Adelaide y el Serpent) que, a su vez, suelen figurar como ejemplos supuestamente claros de la legendaria intervención en su producción y resultado de un oscuro y criminal entramado, supuestamente tradicional en estas costas. Como veremos, esa leyenda negra -en tanto no se sustente en nuevas pruebas diferentes de la propia leyenda negra- no resiste una crítica mínimamente seria.

La historia de ambos casos, según esa leyenda negra, es muy similar. Aquí he optado por analizarlas en orden inverso al cronológico por considerar que el segundo de los casos (Serpent) parece mejor conocido, y su narración suele ser más amplia y completa, lo que permite a su vez un análisis más eshaustivo.

EL SERPENT

Empezaremos la historia analizando el primer vestigio comprobable de uno de los dos naufragios históricos más famosos: el del Serpent. Se trata de una casa, encima del puerto de Camariñas, en la que en una hornacina empotrada en la pared se exhibe oficialmente un viejo barómetro como "El barómetro del Serpent":

En una casa, sobre el puerto...

Si nos acercamos y observamos con más cuidado, comprendemos enseguida que, aunque de factura inglesa, no pudo ser el del barco naufragado:

El "barómetro del Serpent"

En efecto, aparte del formato, vemos claramente que ostenta sus leyendas (buen tiempo, variable, lluvia, etc.) en castellano.

Pero sí que tiene una relación directa con la tragedia: se trata de uno de los tres regalos (una escopeta con una inscripción de agradecimiento para el cura de la Parroquia de Xaviña -el Sr. Carrera Fábregas, en la vecina aldea de Pedrouso-, un reloj de oro para el alcalde de Camariñas, D. Vicente Pérez, y este barómetro, para la ciudad). Regalos que, por encargo del Almirantazgo Británico y en muestra de agradecimiento a los habitantes de la zona por su valiente y colaboradora actitud durante los hechos, trajo unas semanas después y desde Gibraltar la cañonera Lapwig.

"EL MÓVIL" DEL CRIMEN

Sin embargo, la leyenda negra explica estos regalos como una malévola excusa para ocultar otra intención: la disimulada búsqueda, junto con otro barco especializado -el Sunfly- de un supuesto segundo cofre -que nunca apareció- lleno de monedas de oro (las famosas "guineas", de 21 chelines, en lugar de los 20 de una libra normal). La leyenda cuenta que, tiempo después, el mar arrojó alguna de esas monedas...

El móvil

De una tripulación de 175 hombres, fallecieron 172, en su mayoría una nueva promoción de suboficiales pertenecientes, según la leyenda, a "la clase alta británica" y destinados a sustituir a las tripulaciones de otros barcos destinados en Sudáfrica. El oro iría destinado al pago de esos ejércitos coloniales.
Aquí aparece el primer atisbo de contradicción lógica: ¿es verosímil que, pudiendo elegir cualquier otro barco, los lores traicionaran a los hijos de su clase? ¿No se les ocuriría que ello provocaría una investigación mucho más seria?
La historia cuenta que los habitantes de Xaviña y de Camariñas rescataron, con inmenso esfuerzo y riesgo de sus vidas, hasta 111 cadáveres, que fueron enterrados en lo que se conocía como Puerto del Trigo, donde hoy se ubica el "Cementerio de los Ingleses". La leyenda habla de desavenencias entre el cura de Camariñas (que se oponía a que fueran enterrados en suelo santo) y el de Xaviña (que se habría opuesto, azada en mano, a que sus feligreses aceptasen incentivos para que estos enterrasen a los ingleses, pero que, en clara contradicción, admitió la escopeta dedicada que le envió el Almirantazgo). En todo caso, el cura de Xaviña terminó bendiciendo desde el Lapwig el "Cementerio de los Ingleses".

Vista del Cementerio de los Ingleses

El llamado "Cementerio de los Ingleses"es un austero pero evocador recinto de piedra, casi perdido en uno de los lugares más bravos de esta costa (entre Cabo Villano y Santa Mariña, Ver Ruta).
Ya dentro del recinto, veremos, en el suelo, un par de enigmáticas cruces de piedra como esta:


También veremos la siguiente lápida:

Todo lo anterior no es sino un recinto abierto que rodea a otro más pequeño, cerrado:

En su interior, una lápida cubre los restos recuperados de los naufragos y es frecuente hallar alguna flor, o una vela que demuestra frecuentes visitas de gente piadosa (los gallegos somos muy aficionados a esto de visitar los cementerios, de tener muy presentes a los muertos).


Entre el Cabo de Tosto (o de Trece) donde se sitúa el cementerio y Cabo Veo, contemplaremos la Ensenada del Trece: el inquietante escenario de la tragedia del Serpent.

La Ensenada del Trece

Según la leyenda negra, en la noche del Lunes 10 de Noviembre de 1890, los raqueros -que supuestamente actuaban conchabados y bajo la dirección de la más rancia nobleza gallega y ésta, a su vez, en connivencia con las más altas autoridades británicas, con las cuales estarían vinculadas familiarmente los nobles gallegos implicados, y a quienes los lores traidores habrían informado convenientemente- habían colocado unas luces fijas en lo alto del arenal que asciende por el Monte Veo -hoy conocido como "La Gran Duna", vid. supra, en el centro de la foto- y otras luces móviles, unos faroles atados a los cuernos de unos bueyes que caminarían más abajo, en la explanada que precede a la Playa del Trece, imitando así el desplazamiento de un barco (la luz móvil) navegando en paralelo a la costa (la luz fija).

Se supone que los raqueros habrían engañado así, -ni más ni menos- que a todo un Capitán de la Armada Británica, Mr. Harry L. Ross (asistido por su Segundo, el Teniente Grenville y los oficiales Richards y Lead), quién pensando que el supuesto barco que veían era el Lapwig que, supuestamente, les escoltaba (pero que, probablemente, les precedía, ya que llegó a refugiarse bastante más abajo, en la Ría de Vigo), se habría creído demasiado alejado de la costa(?) y, al acercarse ¿buscando el abrigo del litoral?, terminaría estrellándose contra la Punta do Boi (al extremo del Cabo Tosto, al Oeste de la ensenada) durante la noche.

He resaltado con interrogantes los absurdos argumentos de la leyenda negra: con temporal, y de noche, lo lógico no es acercarse, sino alejarse de la costa que es donde está el peligro de embarrancar, o de estrellarse contra las rocas.

Lo cierto, es que se trató de una larguísima noche "de luna nueva" (sin luna). Ese día (10/11/1890), en la zona, el sol se había ocultado en el mar a las 18:16 (para ser precisos, y dado el actual desbarajuste con los horarios de invierno y de verano, UTM 17:16) de la tarde (para la tripulación del Serpent, dado su rumbo y velocidad, algo antes).

Añadamos a lo anterior que según el tenor general de las narraciones obtenidas, la interminable noche se desarrolló luchando contra el temporal, por cuanto cabe deducir que con un cielo seguramente "negro": la tormenta habría ocultado las principales estrellas que en ese momento se hallarían sobre el barco y le habrían permitido calcular o rectificar su posición.

Como curiosidad, podemos saber que, por ejemplo, hacia las 10 de esa noche -si no hubiera nubes- cualquier espectador de la bóveda celeste que se hallara en la Playa del Trece (representada su vertical por el cuadradito de la imágen) habría observado algo parecido a esto: Capella al NE, Vega al NW, Aldebarán por el E y, hacia el WSW, Altair (Júpiter y Marte- los puntos azul y rojo alineados al SW, permanecerían invisibles).

La noche del 10/11/1890 en la Playa del Trece

Suponiendo como cierto el dato de que el barco había partido el Sábado 8 de Noviembre hacia las 14:00 de Plymouth (base militar de la Royal Navy de Devonport), y sabiendo que, en línea recta, la distancia -teórica: hay que llegar primero a la altura del Cabo Cornwall por el Canal de La Mancha para salvar luego la punta de Normandía- del punto de partida al lugar del naufragio es de unas 490 millas, y que su rumbo -el que Mr. Ross creería llevar- oscilaría entre los 205º/210º (y ahí está, realmente, el peligro: su rumbo real, medido desde Cornwall, debía rondar, o ir incluso por debajo de los críticos 200º), el ocaso (hacia UTM 17:00) debió sorprenderles tras una agotadora navegación de unas 50 horas capeando la nortada a una velocidad de crucero de entre 8 a 10 nudos pero, a poco que al acercarse a la costa virasen las fuertes ráfagas al viento del NE (y, seguramente, arreciando el viento), eso les colocaría prácticamente en empopada y, por lo tanto, con escaso trapo para una maniobra de urgencia, sobre todo si, como ocurre tantas veces, las violentas ráfagas desaparecieron súbitamente, mientras que el rugiente mar de fondo les estrellaba contra las rocas.

Tampoco habría que descartar otros posibles factores técnicos: una excesiva confianza en los 4.450 HP de sus dos máquinas (con toda probabilidad ya, al menos, de las de triple expansión, en uso desde 1871), un error de calibración en las brújulas -o más bién, en la evaluación de la variación en la declinación magnética- y, quizás, alguna avería en el timón (debida a algún golpe de mar causado por la tormenta). En todo caso, es fácil comprobar como en una singladura de este tipo, un simple error de un solo grado en el cálculo de la deriva (partiendo del Cabo de Cornwall) resulta decisivo:

 El rumbo real

Hay que tener presente también la curva isóbata: incluso (en ese momento, justo antes del naufragio) con una deriva de 199º en lugar de 200º (partiendo del Cabo de Cornwall), habrían topado con la línea isobática -no visible en este mapa- de los críticos 5 mts. de profundidad, que, en el Cabo Tosto, se aleja  hasta unos 350 mts. de la costa (el puntal del Serpent era de 5 metros). Esto explicaría que las crónicas hablen de la Punta do Boi como lugar exacto de la catástrofe (y ello concuerda, además, con el resto de la toponimia que hallamos más abajo, por el lado oriental del cabo Tosto: Laxe -laja, lancha: piedra- de los difuntos, Puerto Desastre...)

Sea como fuere, al día siguiente (11/11/1890) amaneció (astronómicamente) a las 08:26 (UTM 07:26) pero, en la realidad, ocultándose el sol  tras la falda sur (170/190 mts) del Monte de La Vela, hasta que poco a poco apareciera más tarde el astro enfilando O Canliño por cuanto, como el cielo estaría seguramente encapotado por la fuerte tormenta, a esas horas del amanecer, el sol sería poco más que un resplandor tras el monte. Se cuenta que, ya a las 10 de esa mañana, se encontraron tres cadáveres y, al día siguiente, otros veinte más.

Siguiendo con la narración tradicional de los hechos, retrocederemos unas horas. Durante la noche, solo tres hombres -Luxon, Burton y Gould- habían alcanzado con vida la costa. Luxon quien según parece fue el primero en llegar a tierra, aunque malherido por los golpes recibidos contra las rocas empezó a caminar en busca de ayuda, siendo alcanzado por Burton quien, al llevar chaleco salvavidas (suponemos que, en aquella época, se trataría de una de aquellas cartucheras de corchos, los cuales actuarían como coraza) recibió menos heridas y ya juntos, consiguieron encontrar un camino y llegar a pedir auxilio al cura de la Rectoral de Xaviña (como poco, a más de cuatro kms. en línea recta, desde la playa).

Por su parte, Gould fue hallado por una pareja de la Guardia Civil que custodiaba un depósito de carbón procedente del reciente naufragio del Tumbridge.

Retomando el análisis, en mi opinión, este dato de la presencia de la Guardia Civil en la zona, hace ya por sí solo altamente inverosímil la versión de la leyenda negra según la cual, simultáneamente, los raqueros se dedicaban a cortar afanosamente con sus cuchillos asesinos tanto los chicotes que Mr. Ross lanzaba a tierra como los dedos de los náufragos que conseguían llegar a la costa para quitarles supuestos anillos de oro: si los Guardias Civiles hubieran sido sobornados, como pretende algún relato, no habrían estado custodiando, precisamente esa noche, el carbón del Tumbridge. Observemos también que la narración tradicional admite el hallazgo de tres cadáveres ya a las 10 de la mañana (por lo que hemos visto antes, tan solo hora y media después de amanecer). Esto sugiere, en mi opinión, que la propia Guardia Civil puso en marcha desde el primer momento lo que hoy llamaríamos "el operativo" del rescate.

Tampoco se entiende lo de cortar los dedos: es sabido que el mero contacto prolongado con agua, y sobre todo si es agua fría -y en esta zona, y en Noviembre, muy caliente no estaría- hace que se deslicen por sí solos los anillos de los bañistas sin que estos se den cuenta (haciendo windsurf yo perdí inadvertidamente uno que ya no me podía quitar normalmente). Y eso sin extenderme en comentar, o quizás ensalzar, la extraordinaria calidad de aquellos cuchillos "de antes" (un dedo, no es una salchicha: tiene huesos).

Irracional -o simplemente, la típica anadiacronía de cualquier leyenda que trata de aplicar lo vigente a lo anterior- me parece también deducir nada, como lo hace la leyenda negra, del supuesto hecho de que en ninguno de los cadáveres aparecieran billeteras (sic., en algún relato). Entre otras cosas, porque, en 1890, los billetes no circulaban, no se usaban para pagar una ronda en un bar, etc. Ni siquiera sería lógico pensar que los soldados, en un barco, llevaran simples monedas (de cobre o plata) en sus bolsillos ¿para pagar qué y a quién?

También me parece sospechoso el dato de que unos náufragos, malheridos y en una noche sin luna, probablemente bajo la lluvia, en todo caso empapados y recibiendo terribles rachas de viento, buscaran y encontraran una senda que les llevara a Xaviña, sobre todo si fueron a parar a la Ensenada do Trece, que está rodeada por montes, no muy altos, pero sí empinados (pendientes de hasta del 52,20%; casi nunca, menos del 20%). En este sentido, la única posibilidad razonable es que, tanto si fueron a parar a la Ensenada do Trece, como si, por el contrario, fueron a parar al lado occidental del cabo (y hemos visto que la toponimia de este lado parece apoyar esta hipótesis: Piedra de Los Difuntos, Puerto Desastre...), es que, si optaron por moverse, siguieron el litoral en dirección sur, hasta que, al llegar a la Playa de la Ballena, tuvieron la intuición (?) de adentrarse por As Ventaniñas, hasta llegar a Xaviña. Pero eso son por lo menos 5 Kms., y es absurdo que, no viendo luz alguna, se les ocurriera adentrarse, en lugar de permanecer en la costa hasta que con el alba puedan divisar algún barco, etc... Parece mucho más razonable que fuera la propia Guardia Civil quien, conocedora de la zona, llevara a los heridos a Xaviña y solicitaran voluntarios allí y en la vecina Camelle para iniciar las oportunas operaciones de búsqueda.

En cuanto al entramado formado por altas autoridades británicas>nobles gallegos> raqueros, entiendo que, como poco, falla el eslabón intermedio: sabemos por la Historia que, en el S. XVI la casa de Altamira se traslada a la Corte, y aunque mantuvieran a sus apoderados en la zona, las Jurisdicciones Señoriales fueron suprimidas en 1833 y los Altamira-Moscoso vendieron sus posesiones en la zona a los Martelo del Castillo, en concreto, al poeta D. Evaristo Martelo Pauman del Nero (Marqués de Almeiras). Sin renunciar a futuras y más concretas evidencias, a cualquiera se le hace un tanto forzado imaginar un "poeta-de-día/asesino-de-noche" (en este concreto caso, me estoy refiriendo al caso que veremos después del Adelaide, y que la leyenda negra -situando tradicionalmente lo del Adelaide en 1830, cuando en realidad, como veremos, fue en 1850- identifica como precedente de este caso, originado por la misma trama, y con idéntico móvil). Pero es que, además, como no es de esperar que para comunicar estas cosas se utilizara el novedoso telégrafo (imaginemos a los serios y conspicuos telegrafistas transcribiendo el criminal mensaje recibido en morse a una cuartilla) y, hemos visto que, por barco, el trayecto se cubría en un par de días ¿acaso podían mandar los lores ingleses, con tiempo suficiente, otro barco con las instrucciones precisas, con los detalles de última hora? No olvidemos que el Serpent no viajaba solo ¿acaso le traicionaría el Lapwig? Para hacerlo, se habría tenido que adelantar demasiado, lo suficiente como para llegar solo a Coruña, o a Ferrol... ¡y pasar desapercibido!

Más inconvenientes: se supone que la misión secreta el Serpent era llevar dos arcas repletas de oro amonedado a Sudáfrica, de las que solo se habría recuperado una. Un poco absurdo, pues aunque no vayamos a caer en el error de pensar que ese oro podían obtenerlo los británicos en la propia Sudáfrica (el oro apareció en el Transvaal por esas fechas), sí que parece más fácil en todo caso llevar el que acuñaban en Australia, en las cecas de Sydney (desde 1871) o Melbourne (desde 1872), ya que, desde el puerto de Perth (que, por cierto, también tendría ceca unos años después, en 1899) a Port Elisabeth; el camino es bastante más corto y, desde luego, parece menos peligroso, si no muy claramente desde el punto de vista marinero (desde Australia, una única pero larga singladura), sí desde el punto de vista militar ya que, si bien a finales del S.XIX la Royal Navy era la potencia naval por antonomasia (por esta época la suma del tonelaje de sus acorazados era superior a la de todas las restantes del mundo), el Índico era un auténtico Mare Nostrum para los británicos y, puesto que los famosos "Sovereigns" habrían de viajar necesariamente desde Australia a la Metrópoli y, por lo tanto, pasar por Sudáfrica, porqué no dejar allí una parte del cargamento y no duplicar  innecesariamente el trayecto (de Sudáfrica a las Islas para devolverlo desde allí, de nuevo, a Sudáfrica).

EL CASO DE LA GOLETA ADELAIDE

Ciñéndonos ahora a la bahía de Laxe, observaremos que, en la bahía de Laxe, la incidencia de naufragios no es particularmente relevante, aunque sí se recogen un par de hundimientos de relevancia: un pecio antiguo de cañones de bronce hallado al ampliar el puerto, y el fascinante caso de la goleta "Adelaide".

Naufragios en Laje

Sin embargo, si cruzamos la ría, vemos que en Corme el panorama es muy diferente:

Enfrente: un panorama muy diferente

LA  ADELAIDE: UNA TUMBA Y... ¡DOS LÁPIDAS!

Si la historia del Serpent tiene su cementerio, la del Adelaide tiene una tumba y, como más adelante se verá ¡dos lápidas!
La tumba, tal y como se refiere en cualquier libro de naufragios se halla, efectivamente, en un pequeño huerto de Laxe, junto a la Iglesia de N.ª Sra. de la Atalaya.

La tumba de Frances y William Henry

Fernando Patricio Cortizo, da la siguiente transcripción del epitafio (que traduzco del gallego):
"Bajo esta lápida yacen los restos de Francisca Dovell, de edad 47 años, que con su hijo, Guillermo Enrique Quartly Dovell, de edad 12, tuvieron la desgracia de perecer en el naufragio que sufrió el barco Adelaide de Bristol en su viaje a las Antillas, con un pasajero y trece de tripulación. Esta lamentable desgracia, aconteció la noche del 19 de Diciembre de 1830 en las inmediaciones del puerto de Laxe.
Y como triste recuerdo a tan melancólico evento, este monumento está
(ha sido, fue) erguido por el Capitán Guillermo Dovell, el desconsolado y afligido marido y padre, único que sobrevivió a esta calamitosa pérdida.
Si rogárais por alguna cosa, en mi nombre os la concederé, no permitiré que quedéis sin consuelo. Volveré a vuestra asistencia. San Juan, Cap. XI y XVIII versículos".

Conozco otra transcripción, esta en castellano, muy similar a la que acabo de dar, que no reproduzco ya que su propio autor da dos versiones distintas, ambas en castellano, en dos obras diferentes,  y ambas, con una inusual profusión de erratas, por lo que no me parecen mínimamente fiables.

La historia tradicional, brevemente, cuenta lo siguiente: El Adelaide, que sería un barco muy moderno y marinero, a vapor y a vela, arrastraba ya una dura travesía invernal desde Bristol; llevaba un supuesto Agente del Gobierno británico en misión secreta y ocultaba en sus bodegas un cargamento de armas y oro (que por supuesto, no se declaraban en los libros de a bordo). La noche del 19 de Diciembre de 1830, los raqueros, avisados por los nobles locales y estos por algunos lores traidores, etc. prepararon el conocido truco de las luces., etc... Aunque en principio el Capitán y el Agente secreto (este, portando el oro) habían conseguido llegar a la punta del Caballo (al extremo oriental de la Playa de Laxe), los raqueros encuentran y asesinan al Agente en un cobertizo (propiedad de un Sr. Lema) y se quedan con el oro. Al día siguiente, el capitán encuentra desparramados por la playa a su mujer e hijo, más otros 11 cadáveres por la playa (entre ellos, el del Agente secreto); como el cura se opone a que los entierren en sagrado, Dovell consigue que D. Manuel Cañizas Figueroa le ofrezca para este fin un huerto de su propiedad colindante con la iglesia, donde el Capitán manda hacer una tumba en la que entierra a su mujer y a su hijo, enterrando junto a ellos al Agente, aunque fuera de la tumba, entre el sepulcro y la cerca que rodea la Iglesia. Los otros cadáveres fueron enterrados cerca del Cabo da Area (y se suele citar que en el sitio donde hoy hay una pequeña urbanización). Se cuenta también que Dovell permaneció largo tiempo viviendo en Laxe (supuestamente, por encargo del Gobierno británico, para que hiciera averiguaciones sobre el paradero del oro) e incluso que, habiéndose ido, volvió alguna vez más por Laxe. Igualmente se añade por último que, tiempo después, aunque no apareció el oro, aparecieron unas armas (pero no se dan detalles concretos).

Debo manifestar mi escepticismo sobre la pretensión de que un náufrago lleve consigo, vestido y nadando en un mar embravecido, todo un cofre de oro. Claro, que como vino a parar al mismo sitio que el Capitán, quizás hubieran conseguido botar una lancha... pero eso implica que Mr. Dovell no apreciaba tanto como se dice a su mujer e hijo. Claro que también parece extraño que Dovell y el Agente fueran a parar a la Punta del Caballo (al Este de la playa) y, como luego veremos, su mujer e hijo, no aparecieron en la playa, sino en la punta opuesta, más o menos, al pié de la Iglesia.

Interesaría saber en qué lengua está redactado el epitafio de Laxe. Como se aprecia en la foto, su estado actual dificulta gravemente la lectura y, cuando tomé la foto empezaba a llover y sólo presté atención a la fecha, de la que más adelante hablaré.Sin embargo, sí que recuerdo haber preguntado sobre este particular a la actual propietaria del huerto, D.ª Carolina, heredera de D. Manuel Cañizas Figueroa (quién ofreció a este fin ese solar colindante con la Iglesia ante la reticencia del cura de la época a enterrar en sagrado a dos protestantes). D.ª Carolina fue tajante. la inscripción está grabada en castellano.

He mencionado mi gran interés por aclarar lo de la fecha porque las siguientes cuestiones son, sin duda, la fecha y la indicación del destino de la Adelaide. Y digo esto porque F.P.C., en su primer tomo (2000) da la fecha 1830 (lo que coincide con otros autores) pero luego, en su 2.º Tomo (2004) corrige este dato diciendo que una última o "reciente actualización sitúa el naufragio de esta goleta... en el año 1850". Pero no aclara a que se debe esa actualización. Igualmente ocurre con el destino: en el primer tomo (2000, pg. 198), afirma que se dirigía a las Antillas pero, en el segundo (2004, pg. 11), indica con la mayor rotundidad que "La tripulación de este buque llevaba a bordo, sin saberlo, una carga secreta compuesta por armamento y oro en monedas, ambos destinados al ejército colonial británico en Asia" (en el Tomo I, habla de una importante misión secreta). Estas cuestiones, me fueron indirectamente resueltas por D.ª Carolina quién, durante la conversación que con ella mantuve me dió las siguientes e importantes pistas: el Capitán Guillermo Dovell volvió a casarse o, por lo menos, tuvo descendencia que le sobrevivió pues D.ª Carolina me contó que, en una ocasión había venido a verla a Laxe  una señora inglesa quien la había explicado que era la tataranieta del Capitán Guillermo Dovell y que había venido a ver la tumba y a conocer a los descendientes de quien ayudó a su tatarabuelo a enterrar dignamente a su familia. También me explicó D.ª Carolina que esta señora le había dicho que en Inglaterra existía otra lápida con la misma inscripción...

Y, efectivamente, existe otra lápida en Inglaterra. Se trata de un "memorial", uno de esos monumentos típicos en las iglesias anglicanas, que consisten en una placa, generalmente en  mármol o bronce, conmemorativa de hechos y/o personas. En este caso, está en la Iglesia de Santa María-la-Virgen (Molland, Devon) su autor fue el artista J. Thomas y está catalogada por el National Maritime Museum como el "Memorial M3147". Finamente esculpida en mármol blanco, tiene la clásica configuración de una estela funeraria; representa en su parte superior (cabecera), en un semicírculo, un barco hundiéndose de proa (se ven dos mástiles aún fuera del agua, aunque parece que pudiera tener otro ya sumergido; no se ve chimenea, aunque podría estar sumergida, ni rueda de paletas). Se aprecia un mar encrespado y una gran ola abalanzándose sobre la nave. En un plano medio se aprecia un trozo de costa con forma de acantilado y, al fondo, montañas. En el cielo, se observan dos líneas quebradas que parten de lo alto, se bifurcan y caen sobre la nave (¿rayos?).

Bajo la cabecera, el cuerpo rectangular, con la siguiente inscripción:
'THIS TABLET IS ERECTED TO THE MEMORY OF/FRANCES DOVELL, AGED 47 YEARS/AND WILLIAM HENRY QUARTLY DOVELL, AGED 12 YEARS,/(YOUNGEST DAUGHTER AND GRANDSON OF THE LATE/HENRY QUARTLY AND ELIZABETH HIS WIFE,/OF THIS PARISH) THE BELOVED WIFE AND SON OF/CAPT WILLIAM DOVELL/OF THE PORT OF BRISTOL: WHO UNFORTUNATELY PERISHED/BY SHIPWRECK ON THE NIGHT OF 19TH OF DEC. 1850/ON THEIR VOYAGE TO THE WEST INDIES, THE UNFORTUNATE OCCURANCE/TOOK PLACE AT LAGE, NEAR CORUNNA IN SPAIN, WHERE 16 PERSONS,/CONSTITUTING WITH BUT ONE EXCEPTION/THE WHOLE CREW AND PASSENGERS OF THE SHIP 'ADELAIDE'/FOUND A WATERY GRAVE./CAPT. DOVELL THE BEREAVED SURVIVOR OF THIS MOURNFUL EVENT/WHO WAS MOST MIRACULOUSLY RESCUED, NOW A WIDOWER AND CHILDLESS/HERE RECORDS HIS ENDURING GRIEF'

La traducción, más o menos libre, sería: "ESTA PLACA SE ERIGE EN LA MEMORIA DE FRANCES DOWELL, DE EDAD 47 AÑOS / Y WILLIAM HENRY QUARTLY DOVELL, DE EDAD 12 AÑOS,/ (HIJA MENOR Y NIETO DEL ÚLTIMO (¿del que fue, del fallecido?)/ HENRY QUARTLY Y ELIZABETH SU MUJER,/DE ESTA PARROQUIA) LOS AMADOS MUJER E HIJO DEL/CAPITÁN WILLIAM DOVELL/DEL PUERTO DE BRISTOL: LOS QUE (quienes) DESAFORTUNADAMENTE MURIERON/POR NAUFRAGIO EN LA NOCHE DEL 19 DE DIC. 1850/EN SU VIAJE A LAS INDIAS OCCIDENTALES, EL DESAFORTUNADO INCIDENTE/TUVO LUGAR EN LAGE, CERCA DE CORUÑA EN ESPAÑA, DONDE 16 PERSONAS,/QUE CONSTITUÍAN PERO CON UNA EXCEPCIÓN/LA COMPLETA TRIPULACIÓN Y PASAJEROS DEL BARCO 'ADELAIDE'/ ENCONTRARON UN SEPULCRO DE AGUA/CAPT. DOVELL EL AFLIGIDO SUPERVIVIENTE DE ESTE TRISTE EVENTO/QUE FUE MILAGROSAMENTE RESCATADO, AHORA UN VIUDO Y SIN HIJOS/ AQUÍ RECUERDA SU PERMANENTE PESAR"

Quien sienta curiosidad puede ver una foto en: www.nmm.ac.uk/memorials

Como se aprecia, hay notables diferencias con las transcripciones de la tumba de Laxe recogidas por la bibliografía española . En primer lugar, la fecha. Podemos ahora afirmar con rotundidad que fue el Jueves 19 de Diciembre de 1850 (y no en 1830). Si como se afirma, era un moderno barco a vapor y vela, y puesto que en la estela inglesa no se ven las ruedas de paletas, podría haberse tratado ya de un barco a hélice (el Grat Britain fue el primer barco a hélice que cruzó el Atlántico, en 1845), aunque este extremo ha de permanecer en muy seria duda ya que he descubierto que, muy posiblemente,... ¡este no fue el primer accidente marítimo del Capitán William Dovell con el Adelaide! En efecto, el Domingo 15 de Setiembre de 1844, un marinero del barco de 282 toneladas Adelaide de Bristol, William Hale (nacido en Bristol) murió a la edad de 31 años en el mar, en un viaje a Tobago (una isla en las Antillas Occidentales). Esto puede comprobarse en: http://www.halefamily.net/scrap.html. Por lo tanto, si un año antes que el Great Britain cruzara el Atlántico propulsado a hélice, lo cruzaba ya el Adelaide, lo más lógico es que este no dispusiera de hélice. Es más, dado su tonelaje, y puesto que en la estela de Devon no se aprecian ni chimenea ni paletas, yo me aventuraría a pensar que, ni el barco era tan moderno como se dice en las crónicas, ni contaba siquiera con propulsión a vapor.

En cuanto a su destino, ya no quedan dudas: nada de Asia, iban -como solía hacerlo desde al menos 6 años antes el Adelaide- a las Antillas Occidentales (en el Caribe); y por lo que hemos visto, muy seguramente, en concreto, a la Isla de Tobago (colonia inglesa desde 1814).

Pero es que, además, puesto que esos viajes a Tobago eran habituales para el Adelaide, podemos aventurar que, en realidad el Adelaide no era sino un barco "de línea regular" al Caribe (a donde iba, como poco, desde hacía más de seis años) y que lo de del Agente en misión secreta, etc. empieza a difuminarse.

Hay nuevas dudas en cuanto al número de personas que iban en el barco, sobre todo si comparamos la inscripción inglesa con la supuesta transcripción de la de Laxe y... con las narraciones. En efecto, mientras que en la narración de F.P.C., (2000) habla primero de  un sobreviviente (el Capitán) más 13 cadáveres: la esposa y el hijo y, aparte, 10 tripulantes más el Agente secreto, enterrados estos 11 en el "Cotillón del Monte del Cabo de la Arena", luego, 7 líneas después, se contradice y afirma que el Agente fue enterrado entre el sepulcro de los Dovell y la pared del cementerio (que rodea la Iglesia); más adelante, al transcribir la lápida de Laxe se nos habla de un pasajero y trece de tripulación -por lo tanto, en la versión de Galicia hay 14 personas-, en la de Devon se afirma que en el Adelaide viajaban, al menos, 16 personas (con mi deficiente inglés, no me queda muy claro si el Capitán se incluye en ese número, o si está hablando del número de víctimas, aunque me pronunciaría por lo segundo: que murieron 16, más él que se salvó, luego 17 en total).

Que hubiera cierto temporal, no puede extrañar: es lo normal en esas fechas (Diciembre) y lo más lógico cuando se produce un naufragio (aunque, curiosamente, no siempre es así, y me consta por hallarme yo en la zona con ocasión de alguna desgracia reciente: aún hoy se producen naufragios sin que en ese momento exista temporal).

Lo que no se pone en duda -aunque a mí, no me parece tan claro- es que los acontecimientos se producen en plena noche: Mr. Dowell llevaba ya a sus espaldas una dura travesía que al parecer se acentuó al aproximarse a esas costas y, al divisar ciertas luces -ergo, ya era de noche- que supone son de un pequeño puerto (cativo porto) marinero, optó por resguardarse en él. Como vemos, la misma historia que en el caso del Serpent.

¿Es razonable acaso acercarse a la costa, y en un litoral temido por cualquier marino experimentado, en medio de un temporal y de noche? No olvidemos que estamos a mediados del S. XIX: no hay radar, ni radio, etc… Tampoco había, en esa época, faros en la zona (salvo el de la Torre de Hércules, claro). La historia, tendría mayor verosimilitud si, como recogen los relatos tradicionales, se hubiera producido en 1830: el 19 de Diciembre habría caído en Domingo, y en periodo de luna nueva (sin luna visible); pero lo cierto es que los hechos tuvieron lugar veinte años después de lo que se viene contando, y en 1850, el 19 de Diciembre coincidió, precisamente -ni un día antes, ni uno menos- con el plenilunio).

Claro que de poco sirve la luna si las nubes de la tormenta encapotan el cielo. Pero, aquí entra de nuevo a colación la estela inglesa: en ella se representan lo que muy bien podrían ser unos rayos y, desde luego un enorme golpe de mar (una ola gigante que va a engullir definitivamente el barco que ya se está hundiendo). Que Mr. Dovell se viera obligado a ocultar sus sospechas sobre los habitantes de la zona mientras vivía entre ellos, parece muy razonable. Pero que sus suegros guardasen esa reserva, en Inglaterra, parece cosa bien distinta pues, una cosa es que ignorasen u ocultasen lo del supuesto cargamento secreto, y otra bien diferente que no pudieran permitirse hablar de que su hija y su nieto habían sido asesinados en aguas españolas, junto con otros trece o catorce compatriotas y hubieran aceptado perpetuar en el mármol la versión de la tormenta, con sus rayos, olas enormes, etc. y perpetuar así en la pared de su propia parroquia un tremendo embuste.

Y hay algunas cuestiones más. Según el testimonio recibido de D.ª Carolina (que ha de ser el transmitido de padres a hijos, y que nada gana ni pierde con una u otra versión), los cuerpos de la esposa y el hijo no aparecieron en la playa, sino muy cerca de donde reposan (es decir, en lo que era un acantilado, sobre el que se construyó Sta. María de la Atalaya). Parece bastante extraño que su marido y el agente secreto (este último acarreando el oro) fueran a parar, vivos, a la otra punta de la playa (a, por lo menos, kilómetro y medio). De nuevo, si atendemos al bajo relieve de Devon, el barco podría haberse hundido ante el pequeño acantilado de la iglesia que hoy no se aprecia, pero existió, y esa era la imagen que Mr. Dovell guardaba de los hechos (un pequeño acantilado y, al fondo, montañas) y la que transmitió a sus suegros y al escultor.

Mr. Dovell consiguió ser rescatado milagrosamente, así lo indica expresamente la lápida de Devon (no dice que se salvara, sino que fue rescatado). Por lo tanto, los vecinos no se dedicaron a matar y a cortar dedos, sino a rescatar a quien pudieron: consiguieron salvar a Mr. Dovell, pero su esposa e hijo, murieron contra las piedras, cerca de la Iglesia.

Esto último me hace pensar si las armas que se cuenta aparecieron mucho después (pero de las que no se da ningún dato concreto de qué tipo exacto de armas se trata, de donde fueron a parar, etc) no tendrían, de existir, mucho más que ver con el pecio de antiguos cañones de bronce, aparecido al hacer unas obras en el puerto.

Por último, debo aclarar que, de nuevo con el tajante testimonio de D.ª Carolina, en su huerto solo fueron enterrados la madre y el hijo. Cuando le expliqué que yo había leído que se enterró a un hombre más entre la tumba y la tapia de la Iglesia, ella me explicó que le constaba que no era así, no ya por la narración familiar, sino porque hace unos años, para evitar que los niños se metieran en su huerto a jugar, habían tenido que levantar su propio muro cerrando el huerto. Y, por mi cuenta, pude comprobar además que, entre ambos muros, discurre un arroyuelo, por lo que entiendo que lo del enterramiento por Mr. Dovell del misterioso Agente junto a su familia -dato que por sí solo ya resultaba chocante- es otra de las fantasías de la leyenda.

El sepulcro de los Dovell

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