Laxe (Lage, Laje) | Una guía completa


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¿Por qué ir a Laxe?

 

Laxe obtiene, desde hace años, la ‘Bandera Q’ (CALIDAD TURÍSTICA)

Galicia tiene más núcleos de población (lugares, aldeas, pueblos, etc.) que todo el resto de España junto. Y también, más playas que cualquier Comunidad Autónoma: sólo en A Costa da Morte, hay cerca de 100 playas, la mayoría, solitarias y algunas, como la de Laxe, consiguen todos los años la preciada Bandera Azul, y una sola, la de Laxe, la Bandera “Q” (de ‘calidad turística).

¿Tiene Laxe algo especial? Lo fácil es contestar que sí lo tiene. Algo más difícil es demostrar esa afirmación.

El que esto escribe, es un gallego nacido en Madrid (los gallegos, faltaría más, nacemos donde queremos). Y, como gallego, sé muy bien que ciertas cosas se sienten con toda claridad, pero son muy difíciles de explicar, de transmitir (es algo claramente subjetivo, personal). Y por ello, renuncio -al menos por ahora- a intentarlo.

Lo que sí puedo hacer en estas páginas es exponer algunas características objetivas, comprobables que, todas juntas, solo concurren en Laxe.

Como es notorio, Galicia en general no es el sitio adecuado para aquellos que van buscando un sol achicharrante y permanente, aguas si no muy limpias, al menos tibias y tranquilas -en playas, eso sí, abarrotadas-, y bulliciosas noches de karaoke con masas de jubilados ingleses, alemanes, etc. que han elegido -para mí, con mucha razón- nuestras costas para retirarse a beber cerveza y comer hamburguesas o pizzas servidas a domicilio.

En Galicia, y particularmente en la Costa da Morte, el tiempo es extraordinariamente variable (en el mismo día, ya sea invierno o verano, puede haber de todo: sol, nubes, viento, calma… y, otra vez, viento, nubes y sol). Esa es ya, una primera característica importante: la variedad -permanente- del clima, en general. Otra, más concreta, es la temperatura, un clima prototípicamente suave: en los inviernos más duros, de +8º a 15º y, en verano, más de 28 º se considera ya un calor excepcional y agobiante. Eso -y el silencio que, con las ventanas abiertas, permite oír las olas- hacen que dormir sea un auténtico placer en Laxe.

El baño en el Atlántico, para qué engañarse: reservado a entusiastas. Otra cosa es el mar. Precisamente debido al clima tan variable, en la Costa da Morte, el mar ofrece cada día, e incluso en el mismo día, todos sus aspectos, sus colores, su temperamento. Desde el color “aguamarina” propio del Caribe que podemos ver, sin ir más lejos, en los bajos de la desembocadura del río Anllones, al mar blanco (el que ofrece el inigualable espectáculo natural de una buena tempestad, pasando por el aborregado (marejadilla), en muchas ocasiones con un sol espléndido que hace brillar más los jirones de blanca espuma sobre un fondo de intenso azul y, para rematar el cuadro, una nube de gaviotas revoloteando alrededor del barco que entra en el puerto para vender su pescado en la Lonja… etc. Y es que, el mar, es hermoso en cualquier parte pero, en la Costa da Morte, tiene una personalidad propia y diferenciada, es leyenda temida y a veces una realidad mortal, pero también es un hervidero de vida en su forma más natural y primitiva y, por ello, el caladero que justifica el riesgo del pescador; en la Costa da Morte, el mar es siempre la esencia de todo: es más mar que en ninguna parte. En cuanto a las playas, también son otra cosa: aquí es muy fácil, incluso en temporada alta, encontrar playas solitarias, naturaleza en estado puro.

Pero, volvamos a tierra. Parece ocioso recordar el verdor permanente de la cornisa. Lo que quizás sea menos conocido es la exuberante presencia -de nuevo- del agua que, en infinitos arroyos, torrentes y ríos fluye a su inevitable destino: el mar. Ríos trucheros, incluso salmoneros y -esto es más desconocido-, anguleros. Aguas limpias que discurren, a veces bravías, incluso con importantes cascadas, otras en aparentes remansos -pero siempre, con suficiente caudal- al umbrío cobijo de arbolados con variadas especies, algunas -robles, hayas- ya desaparecidas en otras partes. Acabo de mencionar el caudal, permanente, que presentan por aquí los ríos. Eso explica que, en el concello (municipio) de Laxe, como en sus aledaños, cualquier arroyo presente todavía hoy las ruinas de innumerables molinos de agua (p. ej.: en los 4 kms., del Río San Amedio (San Amadeo), que desemboca en la Playa de Laxe, quedan aún las ruinas de cuatro molinos). Molinos de agua usados para moler el grano, pero también para abatanar el paño, como ocurrió con los que, perfectamente conservados podemos visitar, muy cerca de Laxe, en el Mosquetín o, un poco más allá, en el incomparable paraje de Los Verdes.

Y, hablando de molinos, recordaré, no solo los modernos parques eólicos de la zona (excursión obligada, pues suelen contar con vistas espléndidas), sino el antiguo Molino de Santa Rosa que, premonitoriamente, preside el paisaje de Laxe desde el primer cuarto del S. XIX.

Con los molinos, de agua o de viento, hemos pasado de la naturaleza a la antropología y a la historia. Y una manifestación de la primera, es la gastronomía. Todo el mundo ha oído hablar de los pescados y mariscos de Galicia; y casi todo el mundo sabe que el mítico percebe se cría, mejor que en ninguna parte, en la Costa da Morte y, dentro de ella, los mejores ejemplares se dan, precisamente, en las piedras aledañas a la ría de Laxe y Corme -con su célebre piedra del Roncudo (pueblos situados simétricamente en ambas riberas y enfrentados, no solo geográficamente -se dice que los habitantes de Corme disfrutan de la increíble suerte de poder contemplar Laxe (y viceversa, claro)-, sino que compiten todos los años, en Julio y Agosto, cada uno con su día del percebe). En cuanto al pescado, en la Lonja de Laxe se vende, cotidianamente, la más completa variedad de “pescados nobles” (rodaballo, lenguado, lubina, merluza, etc.).

Lo que ya se conoce menos es la insuperable calidad de otros productos más cotidianos, como la alubia, la patata, el ajo o la cebolla que se venden en los mercadillos y se cultivan, aún artesanalmente- en los valles de Traba y de Soesto, en las huertas que otrora alimentaron a reyes pues, en el solar que hoy ocupa el Pazo de Soesto, estuvo el palacio donde residió Alfonso IX (1171-1230) y, del valle de Traba, procede el linaje de D. Pedro Froylaz, todopoderoso Conde de Traba (en realidad, su título era el de Conde de Trastámara, título codiciadísimo a lo largo de toda la Edad Media) que crió primero en el próximo convento de Moraime (joya del románico) y apoyó después -en realidad, el conde de Traba fue el auténtico poder en la sombra- a Alfonso VII (1105-1157), el cual fue reconocido y coronado como Emperador por los demás reyes cristianos, siendo vasallos suyos -entre otros- Alonso Jordán de Tolosa, García Ramírez de Navarra y Ramón Berenguer de Barcelona. Después, y durante siglos, estas tierras conocieron a los condes de Altamira, Señores de Moscoso, muy vinculados a la historia de Laxe (La Casa del Arco, la Iglesia de N.ª Sra. de la Atalaya) y a la de Vimianzo.

Pero para Laxe, todo eso es historia moderna pues, en un círculo de muy pocos kilómetros encontramos docenas de castros y megalitos (algunos de suma importancia, como el de Dombate, circa 3.000 a JC) o de Castros (p. ej. el de A Cibdá, S.VI a. JC, en Borneiro, a 6 kms. de Laxe).

Todo lo anterior nos indica una inmensa panoplia de posibles excursiones, suficientes para elegir una distinta para cada tarde. Y si, por las noches, en Laxe no podremos ir a discotecas (afortunadamente, para eso hay que ir a otros pueblos de los alrededores: p. ej. a Ponteceso), sí que podremos oir una buena sesión de Jazz o, simplemente, poner a prueba nuestra paciencia y habilidad para pescar un magnífico ejemplar de calamar en el puerto.

A todo lo anterior, Laxe suma una importantísima ventaja: junto a su magnífica playa hay todo un pueblo, con varios supermercados, biblioteca municipal, varios sitios desde donde conectarse a Internet, perfecta cobertura para móviles, centro de salud, farmacia, estanco, etc.

Esto último remata y redondea la contestación a la pregunta que nos hacíamos: ¿Por qué ir a Laxe?

Pues porque difícilmente encontraremos, reunidas en un solo sitio, tantas ventajas.

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